Viajo poco, pues no tengo mucho dinero para hacerlo con frecuencia; sin embargo, cuando arribo a mi destino, lo primero que espero de la posada es una comodidad sin la que me costaría mucho seguir al otro día mi camino. Busco en el hotel agua caliente. Es, creo yo, lo que más me preocupa. ¡Después ve uno dónde duerme y come! De manera que siempre trato de ubicar e inspeccionar los tanques de agua caliente; me interesa, por cierto, que funcionen, que me ofrezcan, en la helada mañana, precisamente agua tibia, calentita.
Yo soy uno de esos peces de agua caliente, un pez tropical; no tan bello ni tan esbelto o colorido, pero igual que ellos siento que muero cuando mi piel toca aguas heladas. En fin, inspecciono la caldera de agua caliente del hostal a donde llego. Y si no la tiene o no funciona, al otro día para mí no hay baño, así de simple.
Pero no se piense, ni por un instante, que el agua caliente es un mimo que la sociedad industrial contemporánea ofrece a los ciudadanos del siglo XXI. Siempre ha habido, me parece, una animadversión natural del hombre – y de muchos otros mamíferos, salvedad hecha de los animales del ártico y de la Antártida – por el agua fría, cuando de tomar un baño en ella se trata.
Se dice que el baño frío puede ser terapéutico; yo digo que lo puede matar de un infarto a uno, con el perdón de todos los médicos lectores. El caso es que yo prefiero el agua caliente, y quizás mi próximo viaje lo haga a México, a Baja California, donde parecen existir colinas de agua caliente… Me intriga, habrá que ir a conocer… siempre y cuando haya agua caliente.