La era del capitalismo industrial, lo aprendimos en la escuela, abrió posibilidades inimaginadas apenas 200 años atrás, en lo relacionado con la producción de productos de bienes de consumo.
Las máquinas tomaron lentamente el lugar del hombre en determinados sectores de la producción; y, en términos generales, el resultado de la automatización fue el aumento de la productividad.
La lógica subyacente a la innovación tecnológica expresada en la mecanización de la producción ha sido siempre la de aumentar la productividad; de hecho, la actual fase del capitalismo corrobora los efectos de la automatización del proceso productivo por medio de la creciente cantidad de productos, mercancías e información de todo tipo que se producen cada segundo, de manera industrial, una tras otra: celular tras celular, laptop, tras laptop, disco tras disco, película tras película, documento tras documento.
De ahí que la necesidad de un sistema de almacenaje sea inaplazable para toda empresa que pretenda continuar creciendo, y la falta de espacio representa, sin duda, un serio inconveniente. Las técnicas y tecnologías de almacenaje y distribución se han ido acoplando a las exigencias de la producción, que aumenta, y el almacenaje industrial constituye actualmente uno de los aspectos logísticos más estrechamente relacionados con la productividad positiva de las corporaciones. Las soluciones de almacenaje crean espacios para organizar los stocks de una manera más eficaz, o de conservar los líquidos industriales – que tantos debates despiertan – dentro de tanques de almacenaje para fluidos, algo supremamente importante.
Por un instante percibí una imagen del futuro: grandes tanques de almacenaje de agua, multitud de ellos, protegidos por un ejército de hombres armados.