Todo tiene su ciencia, sus intríngulis y detalles misteriosos, que sorprenden cuando uno, ignorante, los conoce la primera vez, pero esos detalles desconocidos, una vez vivenciados, terminan luego ajustándose a nuestra percepción de la realidad y contribuyendo a nuestra interpretación y conocimiento del mundo. Los armarios de oficina no son simples armarios metalicos; como tampoco - y en términos toscamente platónicos – son las cosas lo que aparentan ser.
Un armario rack no es solamente el espacio dentro del que se ensartan los legajos; tiene una esencia que trasciende su substancia, misma que se exterioriza en los productos elaborados para acudir a las labores de oficina.
Comencé diciendo que todo tenía su ciencia porque, cuando caí en cuenta de la presencia de los armarios metálicos en ese sitio, no había reparado en la gigantesca diferencia que existía entre esa clase de muebles para oficina y un armario ropero como el mío en casa, por ejemplo. Entre mis cosas dentro del armario no tengo más que ropa vieja, cobijas y una loción. Nada de valor. Pero las cosas que se introducen y almacenan en los armarios rack pueden costar muchísimo dinero: documentos importantes sobre negocios inimaginables.
Pero la principal diferencia, porque me repugna hablar de dinero, es que en caso de incendio mi ropa vieja está condenada; mientras que los muebles donde se almacenan las cosas valiosas de las oficinas tienden a ser armarios ignifugos o, en otras palabras (¡y con tilde: ignífugos!), que resisten el ataque de las llamas protegiendo del calor a salvo las cosas que haya en su interior.
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