Siempre experimento la misma sensación cuando se comenta sobre la realización futura de una parrilla barbacoa; para mí se trata de todo un evento, al que vale la pena asistir preparado. La carne asada es una suculencia que debe prepararse con algo de maña, y en ese sentido, ahora que las he probado, doy fe de que maña para las carnes, como asegura la frase de cajón, la tienen de sobra los argentinos. De hecho, sobre la avenida Corrientes hay un restaurant barbacoa excelente, de muy buenos precios y con una sazón que vanamente podría describir un texto.
Cuando me invitaban a una barbacoa me entusiasmaba desde que veía que iban a empezar a poner brasa a los carbones; es entretenido escuchar crepitando los maderos mientras transmiten el calor por contacto a los demás tizones. Entonces había que soplar con un abanico, que a veces se remplaza bien por una tapa grande de olla o por un secador de cabello; esto último no es muy estético, pero innegablemente es útil.
La barbacoa eléctrica elimina el tizne, el carbón y las emisiones de humo excesivas; quizás por eso sigan ciertos fanáticos de la comida al aire libre prefiriendo las brasas tradicionales, pues el humo de la buena madera es un excelente adobo para las carnes. La barbacoa a gas tiende a veces a tiznar, sobre todo cuando no se calibra bien el paso de gas. Algunas personas prefieren la inmediatez con la que el calor para asar es posible en estos tipos de barbacoa, en el eléctrico y en el a gas.
Si yo pudiera elegir y tuviera una casa con jardín, construiría en ese espacio una barbacoa prefabricada. Tendría leña y carbón siempre a mano, y disfrutaría mucho las tardes y la brisa, mientras el humo de mis asados se cuela furtivamente por las ventanas de las casas vecinas.