Solamente una vez viajé un tramo largo en barco. Se llamaba el “Tropic Surveyor?, y me llevó, junto con mis amigos del colegio, una vez hace tiempo desde el puerto de Buenaventura, en el litoral pacífico colombiano, hasta la isla de Gorgona, tras 18 horas de navegación a través de la oscuridad de la noche. Me impresionaba la fiereza del océano y la violencia con la que azotaban las olas el casco de este viejo bote, conseguido días antes en un alquiler de barcos. En la costa, donde rentamos nuestro yate, había muchos barcos en venta expuestos como cualquier otra mercancía.
Nunca había pensado en que también los barcos se compraban y vendían; me parecían tan gigantes, que ponerles precio se me antojaba ridículo… ¿Quién puede pagar tanto por algo tan enorme? Años después comprendí que para quienes adquieren los barcos, el dinero no es precisamente una razón para angustiarse; incluso los barcos de segunda mano son artículos que, para la mayoría de la gente en este planeta, representan un lujo inalcanzable.
El de los barcos usados es un mercado que se mueve dentro de una esfera muy restringida de consumidores, que saben lo que buscan y que tienen – sobra decirlo – experiencia y buen ojo marinero. Ese viaje a Gorgona fue hermoso, aunque el trayecto nocturno sobre las olas fue, debo decirlo, peor que una pesadilla. Vomité las entrañas durante esas horas de tortura, y cada náusea despertaba las arcadas más penosas. El oleaje arremetía y las crestas saltaban sobre la cubierta.
Cuando leí después la Montaña Mágica me enteré de la importancia que reviste a las maquetas de barcos, que diseñan ingenieros navales, y que prueban, sobre sus estructuras a escala, las propiedades de la estructura del barco que representan, antes de botarlo a la mar.
Cuando uno tiene la oportunidad de echar un vistazo sobre el horizonte del Río de la Plata descubre sobre sus calmas aguas barcos de vela que van y vienen, y que parecen disfrutar de la placidez de la regata, algo que yo no conozco.