Cuando era chico soñaba con el día en el que al fin habría de asistir a un campamento de verano. Y ese día no llegó sino hasta que decidí entrar a un grupo scout. No veía la hora de cargar mi morral y de seguir el paso de la tropa, ni de seguir al pie de la letra las reglas de los desafiantemente entretenidos juegos de campamento que la dirigencia organizaba para los menores, siempre dispuesto a tomar parte en las más excitantes aventuras: yincanas, marañas, fogatas, canciones, patrulla y tiendas de campañas; el conjunto de elementos ideales que garantizan noches de campamento activas y despabiladas, de acción pura.
Pero no hay que ser necesariamente un boy scout para salir de campaña en las noches claras del verano. La mayoría de los campamentos juveniles reúnen a ansiosos pelotones de muchachos ávidos de entretenimiento al aire fresco, con ganas de monte y luna llena; en esos campamentos los recreacionistas hacen las veces de dirigentes o jefes scout, ahí listos con el fin de hacer de ese campamento juvenil una experiencia inolvidable para los jóvenes que, deseosos de diversión, dejan la seguridad y comodidad de casa por unos días y se adentran en parajes distantes, en los confines restantes de naturales entornos inexplorados.
El contacto con lo desconocido usualmente despierta en el cerebro de los chicos la curiosidad innata a nuestra especie; de ahí que los campamentos infantiles, por ejemplo, sean eventos idóneos para afianzar el aprendizaje de los más chicos en torno a lo relacionado con las ciencias naturales, la biología, la astronomía. Existen muchos campamentos educativos de este tipo, que les ofrecen a los niños o jóvenes la posibilidad de interactuar con docentes especializados en determinadas áreas, preparados para acudir a las dudas de los menores en camping, y dispuestos, sobre todo, a hacer de ese paseo uno digno de nunca olvidar. ¿Quién olvidó su primera noche bajo las estrellas, alrededor una fogata?