Quizás los elementos de nuestra sociedad que mejor representen el progreso y el cambio de las civilizaciones sean las casas en las que vivimos. Claramente existen diferencias abismales entre esas prehistóricas chozas de paja y rastrojo en medio de las estepas y nuestras actuales casas prefabricadas dotadas de todas las comodidades para que cualquiera que las habite disponga de lo necesario para vivir en el siglo XXI. O entre las grutas neandertales – que también habitó nuestro abuelo el hombre del Cromañón, tiempo después de la extinción de nuestros primos del Valle Neander – y las casas de madera más sencillas de hoy en día.
Es natural, pues las comodidades que esperamos hallar dentro de todas las casas nuevas son el resultado de nuestro devenir social, que nos ha indicado, mediante la paciencia de la Historia, que a través del ingenio se pueden resolver muchas de las falencias técnicas presentes en la cotidianeidad: el agua antes había que entibiarla al fuego para tomar un baño en invierno (si venía al caso, porque sabido es que, inclusive los reyes antaño se bañaban una vez cada tres o cuatro meses, ¿cada cuánto se bañaría el hombre o la mujer promedio hace unos tantos cientos de años, antes de que desarrolláramos la tecnología para la calefacción del agua corriente?), hoy es cuestión de girar el grifo del agua caliente, disponible incluso en la mayoría de las casas de campo contemporáneas, por más rústicas que tales sean.
Inspeccione el lector en fotos de casas de hoy y de antes cuáles son los rasgos que se han mantenido y cuáles entre esos rasgos han evolucionado hasta ser hoy lo que son; por ejemplo, en ciertas fachadas de casas se percibe aún la campana para avisar en el interior de la llegada de visita, o una aldaba sobre la puerta pesada, para tocar la madera y anunciarnos adentro. En muchas casas y
departamentos de la actualidad es posible notar todavía, como rasgo tipológico del pasado, las aldabas (mucho más pequeñas y a veces tan sólo insinuadas sobre la superficie de las puertas) que en lugar de anunciar la llegada de alguien, recuerdan con su presencia el paso imparable del tiempo.