En el libro Guinness de los Récords del año 1986 leí la improbable anécdota de una azafata de la antigua Checoslovaquia que sufrió dos accidentes aéreos gravísimos, cayendo desde lo alto; y que sobrevivió a ambos. Esa señora debe ser el orgullo de las compañias aereas checas actuales. O de las compañias aereas europeas todas, pues semejante aventura no acostumbra a premiar con la vida, menos aún dos veces.
Supongo que en los cursos para azafatas o azafatos (porque ya no es solamente un empleo para ellas) debe de enseñarse por lo menos el nombre de esta brava afortunada aeromoza, que birló la muerte en dos siniestros aéreos, y que – hasta donde entiendo – vive en algún sitio de Europa oriental.
Hoy en día, a fin de mantener la seguridad, las compañias aereas españolas o las compañías francesas, amén de las compañias aereas alemanas o inglesas, invierten en la investigación para el desarrollo de métodos y sistemas de protección de la vida humana en vuelo y bajo situaciones de emergencia. Y las compañias aereas economicas han incorporado todo ese acervo de conocimientos en seguridad y protección; de manera que volar no ha sido nunca antes tan seguro; sin embargo, persiste una paradoja
Las tragedias aéreas son cada vez más frecuentes, porque cada vez más frecuentes y abundantes son los vuelos internacionales y domésticos. Parece una locura. Pero por más que el inconveniente se haya ya identificado, tardaremos en implementar soluciones. Así parece gustarnos la vida a los seres humanos. Nada raro. Pasó lo mismo con nuestra intención de moderar las emisiones de gas de efecto de invernadero; resolución que asumieron supuestamente las principales naciones hace unos años. Y contrario a lo que se esperaba, la producción de dióxido de carbono aumentó por encima de límites insospechados, según mediciones realizadas hace pocos días en el Atlántico Norte. No hicimos nada, ni sabemos qué hacer.