Podría alguien conjeturar que la proximidad entre las personas, en todos los aspectos, es el inicio de la sociedad. El entrelazamiento de dos manos, es feliz seña para muchos de que ese alguien pretendido lo ha aceptado. Una palmada suave en la espalda puede significar para otros un aliento inesperado y agradecido. La amistad es una experiencia que se sostiene con aquellos contactos cercanos, es decir, entre las personas que se admiran, se respetan y quieren entre sí. La comunidad se crea a partir, a través y alrededor de individuos que se necesitan y se sirven entre sí, en mayor o menor medida.
En esta lógica, los contactos personales, que se tejen a través de la vida, son lazos invisibles construidos por medio de momentos en común, de alguna forma significativos, entre, valga redundar, personas. Nadie es conciente, la mayoría del tiempo, de buscar contactos, simplemente, éstos van surgiendo al relacionarnos. También pueden configurarse por el efecto en cadena de conocer a un conocido de un conocido. El punto, innegable, es que los contactos pueden ser fundamentales en ciertos momentos de la vida en donde nada parece gratis. Es decir, al estar en contacto con varias personas, el universo de posibilidades podría aumentar. Así, buscar trabajo parece más fácil para el que conoce a gente que circula en el sector en el que desea trabajar, que para el que no.
Aunque algunos puedan pensarlo, contar con contactos no tiene enteramente que ver con el nepotismo a toda costa, pues las relaciones humanas pueden brindar frutos que sólo pueden nacer de la condición humana y el querer ayudar a alguien conocido es uno de ellos. Sin embargo, no debe perderse de vista que la bondad no debe sobrepasar a la justicia para convertirse en odioso favoritismo.