Existen personas que sueñan con poder practicar alguno deportes extremos como el paracaidismo de peñasco o el ciclomontañismo de descenso o el freewalking, y dar saltos y maromas de un edificio al otro; mas, por razones ligadas a su estado físico o a su propia valoración de la vida, deciden abstenerse del enfrentamiento con los riesgos de golpearse o de afectar seriamente la propia salud – en el deporte extremo muy considerables - y prefieren disfrutar del deporte de una manera menos peligrosa.
Las tiendas de deportes han sabido reconocer la demanda contemporánea de artículos deportivos para enfrentar los riesgos del bungee jumping (el primero de los deportes de riesgo, originario de Nueva Zelanda) y de otras expresiones de los deportes de aventura y adrenalina, como el trial en bicicleta o en motocicleta, que en la mayoría de los casos logra erizar los pelos del más sereno observador; toda una aventura de las alturas sobre dos ruedas.
No es que un evento como el mundial de futbol no desencadene chorros de adrenalina dentro del sistema circulatorio de los fanáticos que pongan a vibrar a las tribunas en el estadio o de los telespectadores que siguen el certamen vía microondas, claro que no. El juego de futbol sin embargo, y debe reconocerse, no representa – aunque ha habido decesos dentro del campo de juego – un deporte que precisamente ponga en riesgo de perder la vida a los deportistas que lo practican. Es mucho más probable que, ciñéndonos a la definición de deporte extremo, el balompié sea un deporte de adrenalina muy peligroso, pero para el fanático, un deporte que pone en riesgo de muerte por infarto a muchos de sus seguidores.
Creo que el deporte extremo debe ser desempeñado por expertos ultraentrenados, para los cuales las tiendas deportivas ofrecen los utensilios más adecuados a fin de que realicen sus proezas con toda la seguridad que puede ofrecerles la sociedad actual.