¿Quién no ha sentido angustia al hablar en público?, ¿quién? Una vez, cuando era más joven, tuve que presentar algo que los alemanes llaman ein Vortrag, que en buen romance es algo asà como “una conferencia�, ante un auditorio de ciento veinte personas, en la Rheinische Friedrich-Wilhelms-Universität Bonn.
El tema era el “sacbéâ€? de los Mayas; y sÃ: en alemán. Creo que entonces, por primera vez en la vida, añoré un modelo de discurso al que pudiera adherirme para salir bien librado; lamentablemente no tenÃa nada a mano, y los discursos de fin de año o los discursos de despedida no ofrecÃan, ¿cómo decirlo?, ¿un marco teórico apropiado? Como era de esperarse, hice lo que cualquier otro en mi lugar hubiera hecho: me aprendà de memoria una montaña de información, que olvidé Ãntegra tan pronto como salà de casa, la tarde de la conferencia.
No me fue bien, no logré graduarme de etnólogo; pero aprendà enormemente sobre la importancia de saber hablar en público. Un discurso literario, por ejemplo, puede embelesar al auditorio (si quien ora es diestro tanto con la voz como con la pluma). O uno filosófico – si el orador es diestro con las ideas – puede calar profundamente dentro de nuestra razón, y movernos a cambiar nuestros pareceres.
El arte de hacer discursos es antiguo; los Griegos lo afinaron hasta niveles de una brillantez insuperable. Insuperable, porque la retórica de hoy, el arte de hacer discursos, podrÃamos decirlo sin remilgo, prácticamente es la misma que heredamos de los Griegos. Ellos desarrollaron un método mediante el cual, a través del uso de argumentos lógicos (¡o que parecieran lógicos al auditorio!), una persona podrÃa llegar a eliminar su miedo a hablar en público y, además, a persuadir a un auditorio con sus razones. ¿IncreÃble, no? Pues ese método de discurso oral (no todo discurso es necesariamente oral, piénsese en la mÃmica o en la conversación mediante señas de los sordomudos) es tan eficiente, que se estudia en las facultades de derecho de todo el mundo; y los medios masivos de comunicación lo explotan también muy a su sabor.
Aún le temo a hablar en público, pero cada vez que se presenta la oportunidad me entreno: un discurso de boda, tomo la palabra; un discurso de fin de año… esos prefiero no hacerlos, porque uno termina prometiendo cosas que nunca logra cumplir.