Cuando era un joven flautista, cierto Arnulfo Jills un día aceptó acudir durante el estío a una escuela de verano para jóvenes músicos donde le habían asegurado que habría de recibir instrucción de los mejores tutores y maestros musicales. De Cuernavaca oriundo, emigró pronto junto con su familia hacia las islas Malvinas. Se mudó después a Buenos Aires a trabajar para una escuela de teatro reconocida de esa ciudad; luego, atraído por el séptimo arte, visitó durante algún tiempo la escuela de cine de una universidad citadina.
Sus maestros notaron el empeño de Arnulfo Jills y pronto su buen rendimiento fue recompensado mediante un estipendio nada despreciable para que viajara al Reino Unido a que cursara durante un tiempo estudios en una destacada escuela de diseño en Liverpool.
Como Jills no hablaba inglés se vio en la necesidad – para él siempre muy conveniente - de aprender ese nuevo idioma, incontestablemente útil. Arnulfo fue a la escuela de inglés durante un semestre en Liverpool y pasó a la escuela de diseño audiovisual. En ese sitio Arnulfo Jills conoció gente de diferentes partes del mundo y degustó sabores y platos inesperados.
Tras haber regresado a casa, luego de finalizar sus estudios, Jills coqueteó con la idea de asistir a una escuela de cocina cerca de donde trabajaba, pero consideró que si seguía estudiando, nunca iba a poder aplicar sus conocimientos en el mercado laboral.
Con todo lo que aprendió Jills consiguió un bagaje cultural admirable en su prontuario, mismo que en la sociedad contemporánea está empezando a cobrar más valor que anteriormente. La sociedad naciente, la de la información y del conocimiento, será la sociedad donde personas como Jills desempeñarán – con el apoyo de los medios informáticos – un papel fundamental en la nueva estructuración del sistema productivo.
Su hijo está a tiempo, póngalo a estudiar, mándelo a una escuela; deje que él elija.