¿Puede haber tema más estimulante? Pero desglosémoslo despacio, para que podamos disfrutarlo como se debe, como lo hacemos los que sabemos cómo valorar verdaderamente el erótico y placentero fetiche de la lencería fina. La lencería es un tejido (no olvidar que nuestra epidermis es otro) que se junta y fricciona la superficie de nuestra piel; mírese en fotos lencería de todo tipo, el ojo más cándido y ruborizable de una pura y joven monja novicia – aquellas se las traen con la lencería, según nuestro imaginario pervertido - inmediatamente reconoce que la lencería masculina, si es ropa de cuero, está inevitablemente en fricción permanente con su sexo, y que tal prenda constituye, por ende, cuando quien la portaba deja de usarla, una sinécdoque de la piel masculina de la zona genital.
Nada más claro; y tomemos ahora el ejemplo del sexo femenino. La sexy lencería femenina es un dulce que hace salivar a los fetichistas veteranos. Las chicas en cuero son la epítome de la representación del objeto erótico que enarbola la lencería sexi: el cuero, ese tejido, ha estado en contacto con la vagina y con la entrepierna, con esos otros tejidos, ha recibido sus aromas y se ha impregnado con sus esencias.
Esa es tal vez la principal atracción que hace que desarrollemos algunos esa relación tan peculiar con la ropa interior; la preferencia y la propia búsqueda de la libido nos orientan hacia la elección precisa, que se trate de lencería de cuero o de lencería en seda, de lencería de fantasías o de lencería corriente, toda ella, en fin, establece una aproximación a lo más íntimo de sus portadores, y el acceso a esa prendas es, por esa razón precisamente, un acto de verdad erótico.
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