La usanza de las pieles de animales como elemento trasmisor de poder y de seguridad fue común en civilizaciones antiguas. La piel, como la del guepardo o chita, (cheetah, Acinonyx jubatus), proporcionaba, fantásticamente, protección especial y, en otras culturas, beneficiaba el paso por un estado de trance. En este último caso, el portador del pellejo animal partía imaginariamente hacia el encuentro con quien acababa de morir, para invitarlo a retornar y a disfrutar del rito funeral. La simbolización de protección sigue vigente en algunos pueblos africanos, habitantes en Kenia y el noreste de Uganda.
En Occidente, parece que la idea de llevar una piel animal encima no cae nada mal. Personas adineradas nutren sus egos utilizando, entre otras, piel de guepardo, siguiendo la moda. Es popular también la piel de foca en la fabricación de guantes, protectores no contra demonios sino contra el frío. También el corderito de caracul es condenado con frecuencia a tener un cadáver joven, pues la piel de este pequeño es apetecida por diseñadores insensibles que ven en su tierno pellejo dinero contante y sonante.
Es complicado imaginar qué significado quieren conferir los diseñadores de moda a las vestimentas hechas con pieles animales. ¿Sólo crear algo costosamente chic? No es posible creer que sea más agradable ver a un guepardo decorando el torso de alguien que corriendo por un soleado paisaje africano. Aún las crias de guepardo no son utilizadas para hacer pendientes, botones o medias; pero los cachorros de otras especies se ven día a día amenazados. La inconciencia de la sociedad conducirá a que pronto algunos animales sólo vivan en imágenes; habrá que mirar un video de guepardo para recordarlo. Y si en el futuro se querrá comprobar su existencia, quizás se encuentren, en lugar de sus fósiles, montoneras de pieles en el armario de alguien que pensó que el mundo era de él; y que sólo bastaba con tomar y pagar.