Los indios americanos sistemáticamente han sido perseguidos y despojados de sus tierras y pertenencias, desde que Colón llegó a América en 1492.
Pero la llegada del colono, no fue tan dócil como muestran los libros de historia escolares. Fue salvaje la aniquilación, para quedarse con el oro y riquezas de por ejemplo los indigenas mexicanos.
De hecho, al recopilar el diario personal del mítico Cristóbal encontraron cientos de veces la palabra oro, y otras tantas Dios o señor.
A través de los siglos, las sociedades indigenas han perdido más de una tercera parte de sus selvas.
En Argentina, en la provincia de Salta, su gobernador Romero aprobó la tala indiscriminada de cientos de hectáreas para venderlas a empresas privadas, y expulsando a los indigenas argentinos que allí se encuentran.
Quitarle la tierra significa cortarle una de las principales vías de alimentos indigenas, como así también de remedios naturales.
Desde Colón para esta época los derechos de los pueblos indigenas no han sido respetados en lo absoluto.
Aún se les sigue prohibiendo poder vivir a su manera, con sus ritos y costumbres particulares.
Parafraseando a Eduardo Galeano, el saqueo con Colón fue en nombre de Dios -cuentas atrocidades el hombre ha hecho nombrando a su Dios- y hoy se debe a que el progreso es el arma que se carga cono cualquier bala y aniquila lo que se le interponga.
Al fin y al cabo todos somos hermanos, pero siempre aparece una ovejita negra que altera el orden, como esos españoles que creían que Haití, era Japón...