Para casi cualquier arqueólogo, ya desde los primeros semestres de sus estudios universitarios, es más que evidente que las joyas antiguas no eran todas de oro o plata. Nuestros ancestros usaron materiales diversos para elaborarse sus adornos, porque lo que les confería su significado a esos elementos ornamentales era otra cosa, algo exterior; el material, en muchos casos, era el que se hallaba más a mano.
El diseño de joyas es acaso tan antiguo como la Humanidad misma; se han encontrado elementos de por lo menos 75000 años de antigüedad, en los que se interpretan dijes, entre otros vestigios, que dan señas casi inequívoca del uso, ya en ese entonces, de adornos corporales.
Y, ¿para qué son? Las joyas para hombre tienen una forma y aspecto distinto, por lo general, que aquellas para las mujeres; tan finamente expuestas en las tiendas de joyas.
Las joyas en plata demandan al artesano una destreza precisa, levemente distinta a la requerida para hacer alhajas en oro. Antes un hueso hubiera sido material para labrar una sortija, por ejemplo; o para elaborar un dije (como con toda legitimidad debe poder seguir siéndolo hoy, aunque cuando se hable de ir comprar joyas, todos asumamos que es de rubíes que se trata). El oro, las esmeraldas, zafiros y la plata, entre otros metales y gemas, fueron predilectos por los antepasados nuestros de las regiones americanas para fabricar sus adorno ceremoniales o joyas personales; nuestros hermanos Aztecas, o los hermanos Incas; o mis hermanos Calimas de las tierras colombianas: fueron todos habilísimos orfebres, y magníficos artesanos, que depositaban el valor de sus joyas no en el material del que estuvieran elaboradas, sino en la función a la que estaban destinadas. Hoy en día las joyas tienen una función más bien clara, la de llamar la atención, la de apabullar y demostrar cuán rico se es. Isn’t it, Mr. Daddy Jankee?