Es un raro privilegio crecer en un ambiente rodeado por libros. En ciertas casas esos objetos yacen aquí y acullá; en estanterías, bibliotecas y, a veces, esparcidos por doquier, sobre la mesa, en la cocina, en la habitación. En otras, lastimosamente, los libros son objetos ornamentales, que con sus tapas de colores engalanan las alcobas de quienes no los usan para leer. Haga usted la prueba: tome uno cualquiera, uno que le hayan regalado. Usted puede usarlo, si quiere, como pisapapeles; también (¡y algunos son muy buenos para eso!)como matamoscas. Puede usarlos de adorno o quemarlos en pilas, como hicieron alguna vez los alemanes en la primera mitad del siglo XX.
Cuando uno va a buscar libros tiene pues, por lo general, una idea precisa de para qué los quiere. La mayoría de la gente que los usa, los usa para leer su contenido, sus secretos, su información: casi todo el conocimiento humano -o por lo menos una parte muy extensa de él - se halla recopilado dentro de libros. De ahí que suela decirse que quienes leen, aprenden; pues su cerebro entra en contacto (por medio de lo puesto en las páginas de los libros) con las ideas y con parte del pensamiento de quien las escribió. Y a veces son grandes autores, genios cuyos libros en español, por ejemplo, perfilaron la gramática de nuestra lengua. Otras personas no son asiduas lectoras, pero se relacionan con ellos por medio del comercio en una venta de libros; son su mercancía. Hay quienes prefieren los libros usados, los de "segunda", y los coleccionan. Otros han crecido en la era de los libros online, y se relacionan con sus misterios a través del ordenador.
El libro, como lo conocemos hoy, es un objeto que tiene cerca de 550 años, y no hace falta mencionar mucho de Guttemberg. Ya en tiempos de Sócrates se escribían libros. Esos libros antiguos eran rollos de un material similar al papel. Dicen que cuando el magnífico Sócrates escuchó hablar de tal innovación, se quejó de que, desde entonces en adelante, la gente habría de acostumbrase a olvidar, y a no usar la memoria, pues ahora la escritura libraría del esfuerzo de recordar, ya que con una mirada dentro de las páginas bastaría para retomar el mensaje. Mismo mensaje que, a lo largo de los siglos, ha venido construyéndose en conocimiento, en culturas y civilizaciones; en Humanidad.
¿Qué sería de nosotros, si no hubiéramos aprendido a leer? Quizás la respuesta más aceptable es: no seríamos "nosotros".