Lo primero que se me viene a la cabeza cuando pienso en un lugar de juego, es en el arenero que en el patio de recreo del Kindergarten habÃa para que los chiquillos nos revolcáramos a nuestro sabor. Es un buen sitio para jugar, la arena.
Pero después no me gustó más, me ensuciaba y las chicas no se acercan a los muchachitos mugrosos; en la adolescencia reemplacé el arenero de antaño por los lugares de video juegos. Kung Lao fue durante años mi luchador preferido, y Mortal Kombat la panacea de la recreación juvenil.
Y después, de un momento a otro, sucumbà a la “fatalityâ€? del tiempo nuevamente; ahora preferÃa otra diversión más madura. Empecé a asistir a lugares de venta de juegos de rol, a entrometerme en ese mundo que me ofrecÃa pletórico de una fantasÃa misteriosa y macabra. Mi lugar de juego ahora era el mundo de de Dungeons & Dragons, en cuyos paisajes imaginarios habÃa cabida incluso para juegos de salir de un lugar buscando objetos mágicos, y enfrentarse en el escape con las bestias más inusitadas.
Después encontré Dungeons & Dragons demasiado infantil, de un momento a otro; mientras juegos como los que proponÃan mis tÃos, hace mucho tiempo en casa cuando no habÃa más que hacer y los primos nos aburrÃamos como ostras, comenzaron a resultarme sinceramente interesantes, como el “juego de adivinar lugaresâ€?, en el que pone uno a prueba toda su memoria geográfica y su ingenio, de verdad muy divertido. ¿Cuál es, entonces, nuestro lugar de juegos?