Matrimonio y familia son instituciones enraizadas en nuestra sociedad, instancias que se reconstruyen con los cambios que afrontan los individuos en el transcurso del tiempo.
El uso de argollas de matrimonio es indicativo de que alguien está unido a otro legítimamente ante la sociedad. Significa que existe un compromiso entre dos, gritado a alta voz. Es común que la gente quiera ser identificada, clasificada: soy casado, soy de la capital, soy cristiana. La tradición, en los ritos como el matrimonio por ejemplo, es la fuerza que empuja a que la mayoría siga cumpliendo con las costumbres.
Alrededor de la celebración de la firma del acta de matrimonio se desarrolla comúnmente un agasajo memorable. Los novios comparten su declaración de entrega mutua con sus más allegados y conocidos. Tarjetas de matrimonio han avisado con anterioridad sobre el rito de amor de estos nuevos compañeros de vida; y la expectativa de la cristalización del acto nupcial se acuna en los más sensibles corazones.
Sin embargo, la seguridad de un matrimonio feliz no es una cuestión nada automática; no es certera ni aunque se prepare la boda más deliciosa del año. No todo el mundo puede sobrellevar con éxito y placer la convivencia en pareja y, más dramático aún, no todos corren con la suerte de encontrar un semejante que se convierta en cómplice de sus sueños.
El matrimonio, la unión de las personas, es una manera de construir la sociedad. Nada raro que ésta última le confiera tanta importancia; tampoco que aquél se manifieste en variadas formas dependiendo de las culturas, ni que haya quien juzgue su vida según si, teniendo edad para casarse no llegó a hacerlo, como mi tía solterona.