Cuando la ciencia de la economía política apenas estaba gestándose en la razón de filósofos como Adam Smith, Quesnay, Ricardo, posteriormente Marx y Schumpeter, mucho tiempo llevaban el hombre y la mujer de Occidente – y de otros parajes del orbe – haciendo transacciones que implicaban la compra o la venta de mercancías; pues esas prácticas económicas no nacen con el capitalismo, aunque, sin duda, adoptaron ahora, dentro del seno de la nueva sociedad industrial, una institucionalidad que pareciera atarlas inseparablemente del modo de producción del capital.
Para que se esclarezca un poco el asunto piénsese en que, a grandes rasgos, los teléfonos celulares (hace pocos meses la prensa reportó que el 50% de la humanidad ya tenía por lo menos un teléfono de esta nueva tecnología, es decir, de cada dos personas en la Tierra, una tiene al menos uno) se venden mediante el mismo proceso y prácticamente las mismas condiciones que hubieran cabido al momento de intercambiarse por dinero (¡otro tipo de mercancía, que tampoco es un invento moderno!) otrora cualquier otra mercancía; pues no se trata del bien que se quiera vender sino de la demanda que lo desee adquirir.
De la misma forma como ni la práctica económica de la venta ni de la compra han sido creaciones de la sociedad industrializada a partir de la Revolución Industrial, tampoco lo han sido las subastas que, en tiempos de Grecia y Roma se practicaban ya comúnmente; y hay datos que cuentan de subastas de esclavos en Nínive hacia el año 1900 antes de Jesucristo. Sin embargo vale la pena mencionar, aun cuando sea de paso, que los griegos o romanos acostumbraban a subastar muchas cosas, inclusive jóvenes núbiles (¡muchachas en edad de casamiento!).