En Latinoamérica nos gustan las novelas. Adoramos las peleas, las historias de amor imposibles, ver como los pobres se vuelven ricos y los ricos pobres, los malos bien malos, los buenos más buenos. Las lindas mujeres, los atractivos hombres. Pero sobre todo las historias de ellas, que se parecen mucho a la vida real. Pero eso no nos impide hacer una critica a la novela. La adoramos pero también renegamos de ella.
Hace algunos días conocía a un francés que estaba maravillado porque nunca pensó que en la vida real podría pasar lo que sucedía en las historias de la televisión. Me comentó que en la primera semana que llegó al país había visto una novela y luego de tres capítulos de la novela Secreto de amor dejó de hacerlo, porque le parecía que esas historias tórridas de amor eran demasiados exageradas. Pero luego de unas semanas se dio cuenta que a los latinoamericanos nos sucedían esas historias de engaños, de intrigas, de llamadas telefónicas, peleas a los gritos. Entonces comenzó a ver más seguido las novelas y se enganchó con la novela Tropico y con otras más.
Pero además, este francés, se convirtió en fanático, y estuvo viendo en Youtube novelas mexicanas viejas (www.youtube.com) como Rosa Salvaje, el Amor tiene cara de mujer y Pueblo chico, infierno grande, de la siempre fantástica Verónica Castro. Y con su relato otra vez comprobé lo distintos que somos los latinoamericanos a los europeos o norteamericanos. Nuestro calor y pasión por la vida está en todo lo que hacemos.