Alguna vez leí hace mucho tiempo que, si pudieran juntarse los anillos de oro y las monedas de oro y, en fin, todos los objetos de oro del mundo y fundírseles, podría verterse del metal dorado suficiente como para llenar un cubo de 80 metros de arista. ¿Se imagina usted un cubo de esas proporciones, hecho puramente de oro macizo?
El oro ha significado mucho para nuestra sociedad; unos pueblos más que otros, han conferido a ese metal un valor que oscila entre lo simbólico (como es incorruptible, fue usado en adoraciones y rituales religiosos, como es sabido, con bastante frecuencia por nuestros ancestros indígenas americanos) hasta lo estrictamente comercial, como fue el caso de las sociedades en la era moderna, que, a partir del siglo XVI, sustentaron sobre la tenencia de ese preciado metal la riqueza de las naciones.
Tamaña ha sido la injerencia del oro en nuestra sociedad contemporánea, que para referirnos a algo de mucho valor solemos extrapolar el término y designar con él nuevas cosas que reportan grandes beneficios financieros o que son de calidad inquebrantable. El caso de lo segundo se ejemplifica mediante la alegoría que hacemos al referirnos a las bodas de oro que son las que se celebran cuando, tras cincuenta años, una pareja sigue celebrando la experiencia de la vida y del amor en mutua compañía. Y para ilustrar lo primero, basta con pensar en que al petróleo, debido a las importantes ganancias y dividendos que representa para quienes acceden a ese negocio, se le acostumbra a llamar oro negro con frecuencia.
Muchas naciones optaron en la Historia por elaborar sus monedas de oro, pero hoy en día una moneda de oro es algo tan poco frecuente, que su existencia se ha relegado a los museos o a las colecciones privadas, pues tiende una moneda de ese metal a valer mucho más que lo que representa. ¿Comprar en la tienda una golosina con una moneda de oro de 18 finos quilates?