Fuente de la imagen :
Peces Cuando alguien nombra a los peces siempre me acuerdo de mi infancia. Y no porque haya vivido cerca del mar, sino todo lo contrario (rodeada de montañas), pero sin embargo, vuelvo a mis 10 años, cuando miraba atónica la danza en el agua.
Apenas tuve conciencia le pedí a mis padres una mascota. Más precisamente un perrito. Mi padre no pudo contenerse y me dijo que si... mi madre, todo lo contrario.
Pero ante mi insistencia decidieron aplicar planes alternativos, y uno de ellos fue regalarme una pecera. De esas que salen en los dibujitos de Tom y Jerry, redonditas y con un pez dorado.
Pero entonces, la idea de tener peces tropicales de los más variados colores me llevó a pedirles una pecera más grande. Lo cual no fue un problema. Así en poco tiempo, tuve en mi habitación a una decena de peces de agua dulce (que eran los que se conseguían en las tiendas).
Además, me encantaba ir a los comercios de venta de peces a elegir al próximo habitante de mi mundo marino.
Pero poco a poco, la vida bajo mi trozo de mar se fue transformando y lamentablemente fueron desapareciendo lentamente.
Nunca pude hacerles cariños o colocarles un nombre, pero seguramente tuve mis momentos felices con estos animalitos, que en definitiva era lo que mi madre quería.
Las fotos de peces me recuerdan a esa época de mi niñez, no importa de dónde provengan.
Años más tarde finalmente sucumbió a mis pedidos y un perrito llegó a mi vida para quedarse durante 16 años. Aunque nunca olvidé a mis peceras y a mis pequeños danzarines de colores.