El botiquÃn de la casa de mi abuela estaba repleto de variados medicamentos. Muchos ya no servÃan sino para envenenar, pues su fecha de vencimiento remontaba a épocas en las que mi abuela era una señora joven. Ese botiquÃn era más bien un baúl disfrazado de dispensario de remedios. Lo que más habÃa eran pomadas. Como cinco para los labios, entre las que recuerdo la tradicional manteca de cacao, una pomada amarilla; otra para la caÃda del pelo de la que yo pensaba “debe ser horrible aplicarse esta gruesa cremosidad en el cabelloâ€?; otra para los músculos estropeados, voltaren pomada se llamaba; y recuerdo especialmente una que me olÃa muy fuerte, la pomada de azufre, la cual tuve sobre mis mejillas durante el tiempo en el que el acné llegó a mi tierna cara de adolescente. Mi abuela decÃa que ésta era eficacÃsima para secar el acné y para limpiar y prevenir la piel de impurezas.
Años después, un dÃa en el que la distracción me alejó del fogón, mi cocina comenzó a incendiarse con la rapidez con la que cae la lluvia. Corrà asustada e, impulsiva, apagué el fuego con mis propias manos. El resultado: quemaduras de segundo grado entre mis dedos. A las dos horas mi abuela llegó con un remedio: halibut pomada, decÃa en el empaque. Mientras me la aplicaba, ella me comentaba que este ungüento era antiséptico y que acelerarÃa la cicatrización de mi quemada. Sentà yo como una capa protectora que aislaba mi herida.
A los dos dÃas, a Minti, mi periquita, comenzaron a salirle unas costras duras alrededor de su piquito. De nuevo apareció mi botiquÃn ambulante con el remedio justo. Mi abuelo me enseñó a aplicarle “tabernil pomadaâ€?. Después de hacerlo diariamente por algunos dÃas, mi pajarita volvió a cantar sin tristeza, gracias a mi abuela y a su baúl mágico.