¿Cuántas veces ha inobservado usted el manual de protocolo en una reunión de gala de altos ejecutivos, metiéndose, por ejemplo, ambas manos en los bolsillos de su esmoquin o llevándose bocadillos a la boca directamente con la mano?
Para las empresas y, en general, en el mundo de las finanzas, las relaciones publicas y el protocolo son algo deontológico que exige su seguimiento y respeto, pues, al fin y al cabo, las normas son tan importantes en las organizaciones, que a muchos empleados a veces se les recomienda el seguimiento de cursos de protocolo para que aprendan a comportarse a la altura de las condiciones y a tono con la elegancia de las reuniones sociales empresariales de mayor envergadura, donde, por ejemplo, un gesto mal hecho o una pequeña libertad al saludar al gerente del consorcio pueden desencadenar una lluvia de críticas y reproches que no favorecen, en ese medio, a ninguna compañía que se precie de asistir a todas las rigurosidades del protocolo empresarial.
Sin embargo, si a usted el tema le interesa, podrá notar como todo curso de protocolo establece ciertas normas de comportamiento generales que, en buena medida, no son más que las reglas de comportamiento esenciales en sociedad: no sacarse los mocos en público, no rascarse (¡aunque pique mucho!), comer con la boca cerrada; así como otras muchas convenciones acartonadas de difícil seguimiento, y dicho sea de paso, progresivamente menos coherentes con la realidad de los tiempos contemporáneos. ¿Tantos juegos distintos de tenedor, cuchara y cuchillo para una sola comida?