Sobre esas heladas primeras noches puedo decir que era sólo uno de esos radiadores de calefaccion portátil lo único que habÃa en el apartamento aquel de la calle San Isidro, ubicado al norte de la capital federal argentina, y lo único que tenÃamos mi esposa y yo para batallar contra el frÃo, implacable desde la mañana hasta la noche.
A decir verdad eran dos aparatos de calefacción; pero – con el perdón de las casas fabricantes dedicadas a la venta de radiadores como los que describo – su efecto era tan restringido y los riesgos de su utilización tan altos, que, en lo que a mà concierne, desalentarÃa su uso si hubiera niños pequeños en cercanÃas: se calienta demasiado una malla metálica que evita el contacto directo con las resistencias, que arden hasta tornarse blancas; todo lo que toque la malla puede sufrir quemaduras. Y la temperatura se templaba un poco frente al aparato; sin embargo, a dos metros de él solamente se sentÃa el frÃo. HabÃa que acercarse a las ardientes resistencias; eso reseca la piel.
Reconozco que hace falta echar luz sobre lo que es el radiador del cual estoy hablando; pues desde luego no todos los radiadores electricos son iguales. Como tengo dicho, vengo de tierra caliente; y la primera relación mÃa con el término radiador forzosamente habrÃa de gestarse en el ámbito de la mecánica automotriz simple. Jugaba a que el de mi cuarto era un ventilador de radiador, como el del carro de mi papá. DecÃa que es menester dejar en claro que, aunque no sé mucho de radiadores, quisiera anunciar que erróneamente se denomina “radiadorâ€? a los aparatitos calefactores de los que hablo, los que tenÃamos en San Isidro, Buenos Aires. Esas son estufas, que calientan in situ y – en atención a leyes naturales – posteriormente irradian la energÃa calórica.
Mientras que existen otros sistemas que no producen el calor in situ, sino que lo irradian en las habitaciones, recogido de tuberÃas provenientes de calderas ubicadas en otro lugar de la casa. Grandes casas, y viejas, como las que conocà en Halle/Saale.