Yo me decepcioné un poco, cuando era niño, al enterarme de que el concepto de seguro de vida me confundía mucho más de lo que yo hubiera esperado. Yo pensaba – cosas de niño – que cuando uno adquiría un seguro de este tipo, uno quedaba protegido literalmente por el seguro de invalidez y vida, y que, por lo tanto, nada podría afectar al beneficiario de tal protección, pues su existencia estaba resguardada contra todos los riesgos. Pensaba que por eso existían varios tipos de seguros de vida, pues variados son también los riesgos a los que se enfrenta una persona a lo largo de su paso por la Tierra.
Y como tantos son los riesgos que amenazan a diario nuestra integridad, pensaba entonces quien escribe, muchas son las personas que dedican su tiempo a la honorable y muy justificada venta de seguros de vida.
No fue sino hasta que sostuve la primera vez, por casualidad, un formato de contrato de seguro de vida ante mis ojos que comprendí cuán equivocado estaba, y pude entonces comenzar a darme cuenta de lo que es el seguro de vida. Es una herramienta compuesta de cláusulas jurídicas y empresariales que pretende velar por la vida, sí, pero no de quien lo adquiere, sino de aquellas personas que circundan al beneficiario, que por lo general son gente que se tiene bien, de la familia; allegados a los que no se quisiera abandonar, ni siquiera después de la muerte.
Se trata de un contrato entre dos partes, o más si se trata de un seguro de vida colectivo (si te inquieta aprender qué es esto, visita: http://www.lapeninsular.com.mx/empresa/vidacolectivo.php), en el que una parte se compromete a pagar mensualmente una tasa pecuniaria a la compañía aseguradora; mientras que ésta se compromete a acudir económicamente a los familiares del finado con una suma del capital acumulado por el beneficiario mediante cuotas, que se acuerdan, claro está – ¡y sepan excusar la truculencia! – mientras vivía aquél último. Es un buen negocio, sobre todo para los que siguen acá…