Quien haya visto la película de Spielberg sobre el soldado Ryan habrá quedado de seguro en extremo impactado con los primeros 15 minutos de acción plena, minutos durante los cuales la adrenalina que fluye entre las venas de esos soldados en las playas de Normandía se materializa en la actuación de los personajes de ficción, que juegan a la guerra para el cine bajo la mirada del director norteamericano.
Pero si uno ve fotos de soldado raso, preferentemente no de un soldado de Hollywood, sino de uno de un pueblo chico cerca de Tijuana, notará que en su expresión tiende a notarse el miedo (cosa incuestionablemente natural) mucho más que la gana de combatir, por mejores y revolucionarias que sean hoy en día las tecnologías y las tácticas de guerra.
Una vez un compatriota que prestaba su servicio militar en una región en delicada situación de orden público de Colombia, me comentó que el buen soldado siempre debía guardar un poco de miedo, el razonable. Porque si el miedo se pierde por completo, decía ese soldado de plomo, la muerte se aprovecha de la temeridad, coge ventaja y gana la batalla. Para derrotar a la muerte hay que temerle, por lo menos hasta que llegue el día, cuando, llegado el momento, el miedo no sirve de mucho.
Aunque se diga que los soldados no temen, vemos, en fin, que es inclusive a veces necesario que teman un poco, a fin de que no se arriesguen en extremo en situaciones de conflicto en las que el desequilibrio es muy evidente y todo esfuerzo sería vano. Pero lo que todo soldado en común hace es matar. Por eso me molesta la denominación que se dan los soldados de Dios porque, ¿para qué o a quién hay que matar? Un soldado de de Dios no puede expresar violencia.