Julia era una chica que estudiaba en el mismo salón mío, en la primaria. Era una niña muy linda, y de una dulce sonrisa blanca que hasta sus últimos años en el colegio le representó una importante ficha, a la hora de seducir notas que su ingenio, buena memoria o lo que sea no lograba sacar.
Así que la sonrisa de Julia era a veces más útil para ella que, digamos, estudiar la lección; pues el profesor reconsideraría una mala nota tras haberla visto sonreír; y ella, exigiéndole su condescendiente aprobación con el diseño de sonrisa más tentador que se pueda recordar, podía estar segura de que corazones lagrimas y sonrisas se mueven con las mismas intenciones.
Unos compañeros vinieron hace poco de Méjico, donde pasaron unas vacaciones, según ellos, inolvidables. Claro, tienen buen capital, y con financiamiento, las vacaciones en casi cualquier parte del mundo pueden llegar a ser inolvidables. Con todo, mis amigos trajeron fotografías y recuerdos de sus días en Playa Sonrisa.
Pensé en Julia, pensé en quizás a ella le gustaría saber que hay un sitio en México que podría ajustársele muy bien a su carácter sonriente y seductor. Pero desde hace mucho tiempo no supe más de ella; no sé si siga sonriéndole a la vida.
Julia era una pequeñaja cuando sonería a toda la escuela. Su sonrisa marcó un hito en las aulas aquel entonces y seguro lo marcaría todavía en Playa Sonrisa. ¿Dónde estará Julia? ¿Conoce usted a alguien de ese nombre, que cuando sonríe deja sin aliento a quienes le rodean?