A las moto taxis se las llama de una manera bien particular en algunas ciudades de Colombia; “moto ratónâ€?, vaya usted a saber por qué; y vaya usted a saber por qué también les resulte tan difÃcil a las personas reunir las condiciones necesarias para prestar ese servicio público de transporte, y en consecuencia, en muchas ciudades colombianas, ese preciso servicio se presta de manera, si no ilegal, sà por lo menos no del todo legalmente reglamentada. El caso es que suelen ser más baratos los servicios prestados por un moto ratón que por un taxi corriente; y debido a la temeraridad de los mototaxistas, mucho más rápidos.
Pero el taxista de la gran ciudad – del Distrito Federal de México o de Bogotá o Nueva York - en su cab es algo asà como Han Solo en el Halcón Milenario: un veloz viajero que en segundos atraviesa el espacio de la manera más increÃble; y posee en su memoria, por regla general, un mapa exquisitamente detallado del aspecto de la ciudad o ciudades que circula, de manera que soluciona las distancias como cualquier experto resuelve los asuntos de su área; máxime si cuenta con el apoyo de un sistema gps. La venta de taxis en ciudades como Cali, en Colombia, creció notablemente durante los años de la bonanza narcotraficante. Tales compañÃas empezaron a ofrecer el servicio de renta de taxis y a cubrir espacios que antes pertenecÃan a taxistas particulares. La venta de taxis, por ende, se incrementó también, y un parque de taxis de flamantes último modelo Hyunday o Daewoo, Reanault o Kia rodaron junto a antiguos Dodge Alpin o vejestorios Chevrolet Chevette, que ya se veÃan viejos incluso en las fotos de taxis de los años 70.