Durante años se ha sostenido que la inversión en ciencia básica es una base primordial para cualquier país que busque un verdadero desarrollo. Esto es parcialmente cierto, pues hoy se reconoce que invertir en ciencia sin esperar resultados es actuar ingenuamente. Hoy por hoy, son la ciencia y la tecnologia actuando juntas las que producen resultados capaces de activar economías y brindar bienestar a una nación.
Para cumplir con estos objetivos, países como México han creado instituciones como el consejo nacional de ciencia y tecnología cuyo propósito es tanto promover el desarrollo en estas áreas críticas como estrechar los vínculos entre el desarrollo científico y las empresas de tecnología, con miras al desarrollo de resultados concretos en la creación de alta tecnología.
Las áreas científicas de mayor crecimiento actualmente son las ciencias químico-biológicas y las ciencias físicas aplicadas, precisamente por su gran posibilidad de aplicación. En el primer caso, existe la posibilidad casi inmediata del uso de sus resultados en áreas como la tecnología farmacéutica, mientras que para el segundo hay importantes oportunidades de aplicación en campos como la nanotecnología y la tecnología informática.
Sin embargo, no debemos concluir que el desarrollo en ciencia y tecnología es una panacea para los males de la humanidad. Uno de los retos de la ciencia y la tecnología del futuro es que sus frutos sean accesibles al mayor número de personas y no sólo a pequeñas élites capaces de acceder a ellas. Organismos internacionales como las Naciones Unidas han señalado una necesidad creciente por llevar los logros tecnológicos del laboratorio experimental del primer mundo, a la humanidad entera.