Hace apenas unos cuantos años el empleo estaba claramente dividido entre trabajo para hombres y mujeres. Era común que los hombres conservaran posiciones legítimas en funciones admitidas solamente para ellos. Gran parte de las mujeres, comúnmente ocupaba el puesto de ama de casa, entre otros trabajos de habitualmente para ellas como coser, asear, trabajar en una fábrica, enseñar en una escuela, entre otras. Pero, conforme los años, y los cambios sociales que se han gestado con ellos, se han evaporizado los límites entre la clasificación del trabajo por géneros son cada vez más flexibles.
En ciertas ramas laborales, la oferta de trabajo para mujeres es mucho más amplia que la de los hombres. Al mirar los clasificados se puede notar una significativa cantidad de anuncios de empleo para mujeres, que van desde cajera, aseadora, recepcionista y mesera, hasta ejecutivas de cuenta, diseñadoras, nanas, maestras, ingenieras y comunicadoras. Se escucha a algunos varones quejarse de la cantidad de trabajos para las mujeres, de la característica excluyente de estos puestos de trabajo: ser una mujer joven y de buena apariencia.
En algunos de estos rubros en los que el trabajo para las mujeres es común, sucede que se opera con la llamada discriminación positiva, que se basa en dar un trato preferencial a un grupo social determinado, que haya sobrellevado factores como la discriminación o la falta de oportunidades por causa de una injusticia social. Todo esto con la meta de mejorar la calidad de vida de este grupo y de brindarle una compensación social. En otros contextos la preferencia hacia la mujer en el ámbito laboral se debe a elementos culturales como su estética, su naturaleza y su modo particular de desempeñar el trabajo.
De esta manera, aunque el desfile de hombres y mujeres por distintos puestos laborales es cada vez más diverso, todavía se conserva la distinción de género en una gran cantidad de trabajos, comportamiento que parece necesario para la nivelación de la balanza.