Una de las actividades sin duda más agradables que puede un ser humano realizar en el curso de su vida es el turismo. Es una forma de aprender y de crecer espiritualmente; salir de casa para conocer otros parajes es siempre edificante, por más que uno sienta desentonar con las costumbres del país al que llega. Aunque personajes históricos de la talla de Immanuel Kant nunca abandonaron su pueblo natal, y puede decirse que conocieron el mundo mejor que muchos de nosotros.
De hecho, el turismo cultural es quizás la mejor opción para entrar en contacto con facetas misteriosas o anecdóticas de diferentes pueblos, mismas que se mantendrían veladas por la distancia, y ocultas detrás de los prejuicios que se suelen crear alrededor de las costumbres de pueblos lejanos, que, en muchos casos, sin un marco cultural que las sustente, pueden llegar a parecernos monstruosas. Como perros y gatos no son precisamente un manjar muy apetecible en Occidente, oír que esos animalitos son delicadezas de la gastronomía oriental puede ofender nuestra percepción del mundo.
Debido a la alta afluencia de gente a determinadas regiones cuyo ambiente natural representa la principal atracción, las naciones comprometidas han empezado a desarrollar técnicas de turismo sostenible de cara a proteger el entorno y la belleza de la Naturaleza, pues sería una pena echar a perder la posibilidad de un ingreso económico importante por falta de previsión ambiental. El turismo rural hace del campo y de los parajes bucólicos la meta de muchos turistas ansiosos de salir de la ciudad para respirar nuevos aires.
Y quienes prefieren las emociones más fuertes, eligen el turismo de aventura, que supone largas travesías a campo abierto, brújulas, y fogatas en las noches, alpinismo, ciclismo o canotaje; toda una verdadera aventura. Esa clase de turismo es el preferido por quienes buscan entrar en contacto con las comunidades receptoras, con el entorno salvaje; el turismo alternativo es una forma de impactar lo menos posible el medio ambiente, y una manera fabulosa de compenetrarse con los espacios naturales, cada vez más reducidos.