¿Quién no presenció el amor de las mamás por las vajillas? Amor que se profesaba en los viajes de vacaciones y en las comidas dÃa a dÃa. Quebrar un plato estaba lejos de significar un accidente, era considerado una tragedia con todas sus letras. Descompletarla era la peor ofensa que se le podÃa hacer. Ante la caÃda del plato, la frase de exclamación era ¡la vajillaaaaa!
En los viajes de vacaciones aprendà al respecto. No querÃa saberlo, pero mi madre no podÃa evitar dos cosas: llevarme para acompañarla y preguntar por todas las clases de vajillas que existen, pedÃa incansablemente por tiendas y tiendas que le mostraran los ejemplares de las vajillas orientales, vajillas de porcelana, vajillas baratas, vajillas corelle, vajillas alemanas. La que siempre se llevó y hubo en casa fue la corelle.
Por esto, si me piden consejo, no tengo otra opción que recomendar la corelle porque aunque no fuera la más fina, tenÃa la fórmula tripartita “buena, bonita y barataâ€? gusto que sin duda existÃa gracias a una condición de clase media favorable.
Sobra decir que todas las vajillas compradas en vacaciones terminaron incompletas y la clase social de la cual se disfrutaba se vino abajo. Lo único que quedó fue el saber de las vajillas. Se aprendió, entre otras cosas, que eran diferentes porque al quebrarse, se astillan en mil pedazos curvilÃneos, lindÃsimos.
Sin duda, si preguntas en casa cuántos platos se conservan de aquella colección, la respuesta no supera los dos platos. De la cantidad, al museo. ¡Pero que se comió en un plato corelle, se comió!.