Carros nuevos, carros nuevos; en eso piensa la mayoría de mis compañeros del colegio, hoy ya casados o a punto de ello y trabajando en grandes empresas, la mayoría devengando mucho más que el presidente de mi país (según las cifras oficiales y dejando de lado la corrupción, claro). Los coches nuevos significan mucho para la sociedad occidental, que ha depositado en ese objeto particular tanto valor, que la publicidad lo ofrece – en la amplia mayoría de los casos - como si de una lujosa necesidad se tratara, pero necesidad al fin y al cabo que hay que satisfacer.
Los coches usados baratos representan la alternativa para quien, deseoso de tener carro por fin, no tiene como adquirir uno nuevo. Los automóviles usados conforman una gruesa proporción del comercio de carros alrededor del mundo, y debido a la creciente producción de este tipo de bien (que tanto ha afectado con sus emisiones tóxicas nuestro medio ambiente), constituyen un mercado, por consiguiente, creciente también.
Pero la venta de autos nuevos, sin embargo, no se afecta con el crecimiento del mercado del usado; bien al contrario: las grandes empresas productoras de vehículos están apuntando ahora al mercado más fino, más exclusivo, a un público consumidor para quien el dinero que cuesta un carro nuevo bien puede no significar un obstáculo, antes bien, tal inversión es una inversión es estatus, en reconocimiento y aceptación.
La relación nuestra con el automóvil a lo largo del siglo pasado tuvo una fuerte injerencia sobre la manera en la que nos ofrecemos a la sociedad. No es nueva la mención de que tal o cual persona no quiso subir al coche de no sé qué fulano en razón de que no quería menoscabar su reputación bajándose de un Jaguar para subir a un Fiat Topolino destartalado. ¿Conoce usted a alguien así?