En mis cursos de periodismo alguna vez oí hablar del Sistema Echelon, una red de espionaje global que hacía de la vigilancia remota su modus operando; mediante cámaras de vigilancia esparcidas en diferentes puntos clave de las metrópolis más pobladas, tenían literalmente en la mira a una porción grande de la población. Si alguien robaba en una esquina – era el leitmotiv – entonces habría registro del acto delictivo y forma de reconocer, en virtud de esta nueva forma de observar, al malhechor.
Las empresas de vigilancia han incorporado a su oferta de seguridad y vigilancia los dispositivos de video y de detección de movimiento conectados a alarmas más sensibles del mercado, y con ello afirman proporcionar al cliente vigilancia privada de la mejor categoría; es sabido que los organismos estatales legítimos de fuerza, como la policía, por ejemplo, no garantizan la seguridad de todos los individuos ni de sus pertenencias por igual. Por eso hay quienes prefieren pagar por la seguridad que sus propios Estados no pueden suministrarle, y por prevención se ponen en contacto con alguna empresa de vigilancia, a la que encargan el cuidado de sus bienes o personas.
La crítica más importante relacionada con este método de vigilancia reza que la privacidad de muchas personas se violenta a través del uso de la tecnología de vigilancia; y alegan no que están siendo vigilados sino que están siendo espiados, que son víctimas de espionaje. El debate aún no se ha cerrado, y la discusión sigue alrededor de hasta dónde puede y hasta dónde no una empresa de vigilancia privada. Por ahora, si necesita seguridad, lo mejor es que acuda a los servicios de una empresa de vigilancia.