La virtualidad está entre nosotros. Tenemos amigos virtuales, recibimos flores virtuales, alimentamos a mascotas virtuales y virtualmente estamos en alguna ciudad realizando compras virtuales o viendo algún concierto. Y si queremos, escuchamos la música de algún grupo virtual o realizando visitas virtuales a museos de gran renombre. El mundo dejó de ser real. O al menos eso parece.
Quien no tiene un e-mail en estos días es paria social, porque no ha entrado al mundo virtual de Internet y no conoce los códigos que se manejan. Todavía están los que se sorprenden de las citas que se consiguen gracias a la red, o cómo es posible hacerse amigo de alguien que vive en Hong Kong. Pero esto es tan real como las teclas que estoy tocando al escribir este artículo (letras que se muestran virtuales en la pantalla). Las postales virtuales de amor que consigo gratis en Regalos Virtuales (www.regalosvirtuales.com) y que envío a mi novio para su cumpleaños son absolutamente reales para mí y para él, que seguramente le sacó una sonrisa al recibirla.
Aún sigo pensando en mi abuela, quien todavía no lograba comprender cómo podía hablar por teléfono tan nítidamente con sus primas de España después de haber tardado meses en llegar en barco a este país. Este mundo de sexo virtual la hubiera confundido más que a mí el hecho de enterarme que dentro de su casa de la infancia no tenían baño. Sin embargo creo que hay que disfrutar de la virtualidad y de la posibilidad de tener gracias a ellos múltiples vidas. ¿Sino de que otra forma yo podría ser una guerrera en la época medieval y luchar contra dragones?